La primera reunión de polÃtica monetaria presidida por Kevin Warsh, el nuevo presidente de la Reserva Federal, será recordada como un punto de inflexión en la historia reciente del banco central. Como se esperaba, la Fed mantuvo sin cambios la tasa de referencia en el rango de 3.50 a 3.75 por ciento. Pero la señal que todo el mercado estaba esperando era la postura de Warsh y su conferencia de prensa. Un comunicado que apenas supera media cuartilla, la eliminación explÃcita de cualquier guÃa prospectiva, y una gráfica de puntos (dot plot) con dieciocho puntos en lugar de diecinueve, pues el propio Warsh se abstuvo de enviar su proyección, fueron las primeras señales del cambio. En sus palabras, esa herramienta, en su estructura actual, no contribuye al diseño de la polÃtica monetaria. La Fed, en su primer dÃa con nuevo presidente, ya no se parece del todo a la de la semana anterior, que hoy me parece de la era de la prehistoria.
La ruptura con la guÃa prospectiva tiene una lógica precisa que Warsh articuló con claridad en la conferencia de prensa. Durante años, los mercados financieros dejaron de funcionar como termómetro de la economÃa norteamericana para convertirse en un espejo de lo que distintos miembros del FOMC anticipaban sobre las tasas. Los movimientos de precios respondÃan menos a los datos duros y más a las señales que cada funcionario emitÃa en sus intervenciones públicas. El resultado, según Warsh, es que la Reserva Federal perdÃa asà su fuente más valiosa de información independiente y un insumo importante para conducción de la polÃtica monetaria. Su apuesta es la contraria, pues busca que los mercados vuelvan a leer la economÃa y que sus señales lleguen al banco central sin el filtro de lo que el banco central ya dijo. El razonamiento es impecable en teorÃa. En la práctica, los mercados deberán de reflejar la congruencia del banco central con el logro del objetivo. Ello a pesar de que el punto de anclaje que ofrecÃa la comunicación explÃcita de la Fed desaparece, al menos en su forma tradicional.
A esto se suma la dimensión institucional del cambio. Warsh anunció cinco grupos de trabajo para revisar la comunicación del banco central, la hoja de balance, las fuentes de datos, la relación entre productividad y empleo en la era de la inteligencia artificial, y el marco de inflación. Cada uno incorporará expertos externos e internos con horizontes diferenciados, y el propio Warsh fijó el fin de año como plazo esperado para obtener conclusiones. La agenda es ambiciosa, y la pregunta legÃtima es si una reforma de esta magnitud puede ejecutarse sin generar fricciones internas en un comité que ya mostró división, pues nueve de dieciocho participantes proyectan tasas más altas antes de que concluya el año, ocho las mantienen en el nivel actual y uno las reducirÃa. Señalar que la menor retórica equivale a mayor opacidad es una lectura parcial, pues Warsh no propone silencio sino una comunicación distinta; sin embargo, de momento, el mercado navegará sin el mapa al que estaba acostumbrado.
La parte medular de fondo es la inflación. Warsh fue enfático y reiterativo en un solo punto, el compromiso de que el banco central entregará estabilidad de precios. El objetivo del 2 por ciento no está en discusión. Las nuevas proyecciones elevan la inflación PCE a 3.6 por ciento para el cierre del 2026, frente al 2.7 por ciento que se estimaba en marzo, agravado por el efecto de los choques de oferta derivados del conflicto en Medio Oriente. La inflación subyacente proyectada para el 2027 se sitúa en 2.5 por ciento, por encima de la inflación general esperada para ese año, una señal de contagio de precios que complica cualquier escenario de relajamiento monetario en el corto plazo. Si los datos de los próximos meses confirman presiones persistentes, lo que hoy señalan las tasas implÃcitas se volverá una realidad, el mayor costo del dinero. Una Fed que actúa con determinación, pero habla menos, necesita que sus actos sean inequÃvocos. El logro del objetivo sin titubear, será la vara con la que se medirá a Warsh el reformador.