Divorciarse del teatro para seguir haciendo teatro: Las artes vivas
Cuando comencé mi camino como artista escénica, hace ya algunos ayeres, solamente conocía el término “teatro”. Quiero aclarar que el teatro en sus formas más tradicionales ya me parece un arte maravilloso, que requiere preparación, conocimiento y con el cual se puede llegar a resultados memorables. Dicho esto, si usted es muy sensible a las novedades quizás no deba seguir leyendo.
Mientras estudiaba en la universidad, aprendí que también existen otras manifestaciones como el performance o el happening, estas formas de expresión no son teatro, más bien son primos lejanos, pero son artes de la presencia y de la acción y conforme los años pasaban, para mí y para el arte teatral, las líneas divisorias entre ellos fueron cada vez más difusas. Entonces se hablaba de teatro en el campo expandido y recuerdo que se discutía como si fuese el último y más reciente fenómeno dentro de los estudios teatrales. Hoy, si bien sigue generando un poco de controversia, la realidad es que la discusión no es nueva y es un hecho que es una rama teatral que llegó para quedarse.
En tiempos más recientes, aunque ya hace unos cuantos años, otro novedoso término apareció ante mis ojos. De repente, un montón de muestras y festivales comenzaron a anunciar en su curaduría el término “artes vivas”. Confieso que no entendí nada en ese entonces y hasta hace poco seguía sin entenderlo del todo: ¿Con qué se comen las artes vivas?, ¿qué no todas las artes lo están?, ¿es este solamente un término para hacerse el novedoso y sentirse avant-garde?
Lo primero que llama la atención del término es su aspecto crítico, pues para que algo esté vivo necesariamente hay una contraparte que está muerta. ¿Al fin la híper-modernidad ha matado al arte?, ¿y cómo se le revive entonces? Es cierto que nadie se salva del estancamiento, pero francamente decir que las artes tradicionales han muerto me parece un poco grosero.
Solamente el tiempo dirá si las artes vivas realmente hacen justicia a su nombre, pero haríamos bien en analizar en qué se basa la “vitalidad” de éstas. Sí, la libertad es muy bonita, pero si todo se vale, al final un término acaba por no valer nada y, siendo honestos, a veces parece que el término se usa para describir “eso que no sabemos muy bien que es pero que es medio performativo y parece ser arte”.
Y aquí entramos a un gran brete porque para empezar no hay una definición específica de “artes vivas”. Inma Garín Martínez, en su artículo Artes vivas: definición, polémicas y ejemplos establece, sin embargo, una serie de características que me parecen acertadas y que podríamos tomar en cuenta: Podemos decir entonces que, para empezar, las artes vivas de salen del molde, y por ello la necesidad de un nuevo término. Se salen, por ejemplo, del valor puramente artístico para entrar en cuestiones sociales o comunitarias, generan resultados difíciles de clasificar en una sola disciplina y pareciera que van dirigidos a un público que no es precisamente el que ya existe para las artes más tradicionales. Curiosamente, muchas investigaciones se centran o incluyen a la idea de cuerpo, sea humano o no, y tienden a habitar espacios que no han sido culturalmente asignados para el arte. Dice Garín Martínez que “se resisten al proceso de aculturación y acomodación“. Son, básicamente, procesos rebeldes que se resisten a la clasificación y tienden a la novedad en el sentido de que se ven constantemente actualizados, sea por su vínculo con una comunidad o por que la misma comunidad participa en el proceso.
Todo esto se oye muy bonito a mi parecer y bastante familiar. Parece que sin darme cuenta he empezado a caminar el sendero de las artes vivas, así que quizás no sea la mejor jueza para determinar si el término y sus manifestaciones valen la pena. Creo, porque de todas formas voy a opinar, que como en muchas cosas la respuesta es “depende”.
Y es que la novedad por la novedad no me parece justificable, pero también es cierto que a veces a la inquietud artística ya no le queda el saco que antes tan bien le acomodaba. A veces los artistas somos metiches y queremos involucrarnos más de lo que deberíamos en los procesos sociales. A veces acabas divorciándote del teatro para poder seguir haciendo teatro.
Continuará...