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Calígula y la ilusión de la omnipotencia

2026-06-19 11:00:00

Calígula y la ilusión de la omnipotencia

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Hace unos días, la Junta Editorial del New York Times publicó un veredicto anticipado sobre Donald Trump con un título difícil de ignorar: “El presidente Trump perdió esta guerra”. Simpatías y antipatías aparte, el encabezado toca una pregunta muy vieja, más vieja que cualquier presidente o potencia moderna: ¿qué pasa cuando alguien con poder llega a creer que ese poder no tiene límites?

La respuesta, al menos en este caso concreto, no fue alentadora. Y la historia de cómo llegamos aquí merece ser contada con honestidad.

La guerra contra Irán se presentó como una demostración de fuerza: victoria rápida, condiciones impuestas sin negociación, supremacía indiscutible. Pero tras altos costos económicos, tensiones diplomáticas que resintieron alianzas históricas e importante desgaste político interno, el resultado fue negociar un memorando de entendimiento con el mismo adversario que debía quedar derrotado.

El mismo que debía rendirse ahora aparece sentado al otro lado de la mesa. La brecha entre lo prometido y lo obtenido ya es, en sí misma, una forma de derrota. Es la distancia que separa al líder que escucha la realidad del que escucha únicamente sus propias certezas. Es lo que ocurre, siempre, cuando el poder se confunde con la omnipotencia.

No es la primera vez que ocurre. Ni será la última.

Hace dos mil años, un joven llamado Cayo Julio César Germánico —Calígula— llegó al trono de Roma entre aplausos y esperanzas reales. Carismático, parecía encarnar una nueva era para el Imperio, pero no duró mucho en ese papel. Pronto creyó que su voluntad bastaba para doblar la realidad, que el miedo era lealtad y los aplausos respeto auténtico. Se fue cerrando sobre sí mismo y alejándose de quienes podían decirle verdades incómodas. Terminó escuchando solo el eco de su propia voz. Cuando cayó, asesinado por su guardia pretoriana, hacía tiempo que había perdido lo único que realmente sostenía su poder: la confianza de quienes lo rodeaban. Mantuvo los títulos y la pompa imperial. Había perdido la sustancia.

Lo que hace vigente esa historia no es el morbo por la violencia de la antigüedad, ni el interés académico por Roma. Es algo más incómodo: la tentación que destruyó a Calígula no desapareció con él. La historia no archiva esas lecciones —las recicla. Regresa con distintos nombres, en distintos escenarios y con distintos recursos a su disposición. Pero siempre con el mismo rostro: el de quien ha llegado a creer, con absoluta convicción, que su voluntad personal está por encima de todo lo demás, incluida la realidad.

Hoy, ese rostro lleva varios nombres.

Se llama Donald Trump, quien creyó poder moldear la geopolítica a su voluntad, prometió una victoria total y terminó, como vimos, negociando con el mismo adversario que debía quedar derrotado. Se llama Benjamin Netanyahu, convencido de que la fuerza militar puede resolver lo que, en su raíz, es un problema político, histórico y humano. La devastación de Gaza, la extensión del conflicto regional y el creciente aislamiento internacional de Israel son el precio visible de esa apuesta. Los fundadores del Estado —Ben Gurion, Golda Meir, Moshe Dayan, Yitzhak Rabin— entendían que la seguridad requería tanta fuerza como legitimidad moral ante el mundo. Netanyahu parece haber olvidado la segunda parte. Y cuanto más fuerza aplica, más se erosiona la autoridad moral que durante décadas permitió a Israel contar con el apoyo del mundo democrático.

Se llama también Ricardo Salinas Pliego, quien invita públicamente a no pagar impuestos, como si su riqueza lo eximiera de las reglas que rigen a todos los demás. No es un gesto menor ni una provocación pasajera: es la expresión más honesta y reveladora de quien genuinamente cree estar por encima de las instituciones que sostienen a la sociedad entera. El dinero compra influencia y presencia pública. No compra legitimidad. Y un ego sin límites, que no escucha críticas ni tolera correcciones, termina siendo el peor enemigo de quien lo carga.

Las circunstancias de cada uno son distintas, sus recursos, incomparables, y sus contextos no admiten comparación directa. Pero existe un hilo conductor que los une con claridad: la tendencia profunda a confundir el poder con la legitimidad, la fuerza bruta con el respeto ganado, y la visibilidad pública con el reconocimiento verdadero, ese que no se decreta ni se compra y que solo se construye con el tiempo y con la confianza sostenida de los demás.

Por eso, Calígula sigue apareciendo en estas conversaciones dos mil años después de su muerte. No como insulto fácil ni como hipérbole retórica, sino como una advertencia que la historia insiste en repetir con una regularidad que debería inquietarnos. Los imperios son más frágiles justo cuando se sienten invencibles. Los gobiernos comienzan a deteriorarse cuando dejan de escuchar a sus ciudadanos y empiezan a escucharse solo a sí mismos. Las grandes fortunas se aíslan cuando sus dueños creen que el dinero basta para obtener respeto genuino. En todos los casos, la realidad termina pagando su factura. A veces en forma de una derrota electoral. A veces como una crisis que nadie anticipó. Siempre, de alguna forma.

Puede tardar. Pero llega siempre. Y cuando llega, no avisa.

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